"..-Alors, mon p’tit voyou –canturreó la Maga -, la vie, qu’est-ce qu’on s’en fout... "
Gregorovius tambien habia adorado las peceras pero les perdio todo afecto cuando se inicio en "las labores propias de su sexo". Los peces de la pecera, que estaba a los pies de la cama, pasaban y pasaban, como la mano de la gorda pelirroja sobre su pierna. Subiendo y bajando.
"Entonces hacer el amor era eso, un pez negro pasando y pasando obstinadamente. Una imagen como cualquier otra, bastante cierta por lo demás. La repetición al infinito de un ansia de fuga, de atravesar el cristal y entrar en otra cosa."
Quien sabe. Parece que los peces ya no quieren salir de la pecera. Casi nunca tocan el vidrio con la nariz.., decia la maga.
"...Gregorovius pensó que en alguna parte Chestov había hablado de peceras con un tabique móvil que en un momento dado podía sacarse sin que el pez habituado al compartimiento se decidiera jamás a pasar al otro lado. Llegar hasta un punto del agua, girar, volverse, sin saber que ya no hay obstáculo, que bastaría seguir avanzando... "
"-Pero el amor también podría ser eso –dijo Gregorovius -.Qué maravilla estar admirando a los peces en su pecera y de golpe verlos pasar al aire libre, irse como palomas. Una esperanza idiota, claro. Todos retrocedemos por miedo de frotarnos la nariz con algo desagradable. De la nariz como límite del mundo, tema de disertación. [...] "
Y hasta ese momento Gregorovius me parecia un personaje tan desagradable. Desde el nombre, pasando por todo, hasta el nombre. Encima esa seguridad de que a Cortàzar le debe encantar. Siempre esta presente esa experiencia desagradable de haber leido la entrevista al autor de el libro que te gusto tanto, y decepcionarte tremendamente cuando lees que el personaje que le gusta mas y le causa mas orgullo es ese con el que no querias saber nada.
Pero Gregorovius acaba de hablar de peceras. Esas que nunca me llamaron mucho la atencion, que nunca me provocaron gran cosa.
Fue recien hace una semana, meses despues de leer a Gregorovius. Entre a un acuario, y me maraville con las peceras mas chicas y comunes. Su luz, sus ardonos, su artificialidad, y los peces, dibujando cosas en el agua. Me dieron tantas ganas de llevarme una a mi casa. Estaba encantada. Y no entendia. Me puse a pensar, la monstruosidad que en realidad son. Son el claro ejemplo de la ausencia de libertad, de la represion. ¿Por que me gustaban tanto entonces?.
Mis ganas eran llevarme la pecera a mi casa, ponerla a los pies de la cama, y observarla, observarla todos los dias rutinariamente, hasta que por fin, cuando menos lo espere, los peces traspasen el vidrio y salgan volando por la ventana,.
"Y pensabamos en esa cosa increible que una vez habiamos leido, que un pez solo en su pecera se entristece y entonces basta ponerle un espejo, y el pez vuelve a estar contento.... "